Elia se aproxima a la edad de caducidad, lo que implica perder su libertad e identidad.
Una supervisora la inspecciona periódicamente para que todo transcurra según los parámetros adecuados. Su vecino Mauro sufre otro tipo de vigilancia exhaustiva, ya que es un desterrado laboral.
A Elia y Mauro les une, en principio, su soledad. Con el paso de las semanas entablarán una amistad que los ayudará a sobrellevar su situación en el entramado estatal. Cada uno será para el otro un sólido apoyo, pues, por añadidura, Elia tendrá que sortear duras pérdidas, además de su temor a la privación completa de libertad, y Mauro habrá de enfrentar la culpabilidad que le suscita un pasado reciente y el miedo a las decisiones necesarias para que su vida cambie de rumbo.
Entrados los años 30 de este siglo, en que la vida cotidiana transcurre con una normalidad sutilmente controlada que cuenta con la docilidad general, escapar a ese dominio es complicado, pero no imposible. El profundo deseo de vivir es un motor potente para arriesgarse a salir del camino marcado.