En muchos blogs de viajeros y de turistas literarios aparece una foto con una imagen del Callejón de los Milagros del Cairo. Y a veces hasta va acompañada por un selfie en el que el detective literario proclama lleno de orgullo: “Aquí estoy, en el Callejón de los Milagros de Mahfuz”. Incluso se dan las indicaciones para llegar hasta allí: “Hay que ir al zoco de Jan al Jalili y subir por la calle Gamaliyah y tomar la escalinata que va hacia la derecha en la callecita donde hay una tienda de especias. Y allí, al doblar la esquina, está el Callejón de los Milagros”. Y no sólo eso, sino que se adjunta una foto de un café y una tienda de colchones y de dos señores gordos que toman el té. “Así es el Callejón de los Milagros”, dicen esos blogueros. “¿Quieren conocerlo?”.
Toda esa literatura detectivesca resulta maravillosa, por supuesto, pero es falsa. La calle Gamaliyah no existe en el corazón del casco antiguo del Cario (Gamaliyah es un barrio, no una calle), y tampoco existe el Callejón de los Milagros (Ziqaq al Midaq en árabe), porque ese callejón que es un cul-de-sac no existe ahora ni ha existido jamás. Fue un invento de Naguib Mahfuz para construir un microcosmos social del Cairo en los años 40, cuando Egipto era un protectorado británico y había tropas británicas estacionadas en el país y había un rey de opereta -el rey Faruk- que aparentemente reinaba, aunque su único oficio conocido era coleccionar pornografía y amantes y oro y joyas y descapotables mientras la población de Egipto vivía en los límites de la subsistencia (aunque un amigo mío, el poeta cairota Mohamed Metwalli, nacido en el barrio de Dokki, me dijo que él echaba de menos los lejanos tiempos del rey Faruk porque en aquella época había una libertad absoluta de pensamiento y de expresión que después ha ido desapareciendo en Egipto porque el islamismo ha ido ganando cada vez más protagonismo en la sociedad).
“El callejón de los milagros” se publicó en 1947 y fue la primera novela de Naguib Mahfuz que tuvo cierta repercusión posterior fuera de Egipto, sobre todo a partir de los años 60, cuando empezó a ser traducida a los principales idiomas occidentales. Pero en Egipto no tuvo una gran trascendencia, a pesar de que se hicieron versiones cinematográficas y teatrales y la novela -como tantas otras de Mahfuz- se publicó por entregas en el periódico “Al Ahram”, el más importante de Egipto (y cuyo nombre significa, por cierto, “Las pirámides”). Y la causa de todo esto, como se quejaba Mahfuz, es que en el mundo árabe no existía una tradición literaria fundada en los géneros narrativos de la novela y el cuento. Es decir, que el lector egipcio medio -y en la época de Mahfuz, el analfabetismo era mayoritario- no estaba acostumbrado a leer una historia compleja protagonizada por docenas de personajes cuyas vidas se entrelazaban entre los tres angostos muros del Callejón de los Milagros. Un lector egipcio normal estaba acostumbrado a la literatura oral o a los cuentos tradicionales, pero no estaba familiarizado con la compleja arquitectura novelística que desplegaba Naguib Mahfuz (el Cairo, 1911-2006), quien había sido un lector voraz de narrativa europea y se pasó los años de estudiante de filosofía en el Cairo leyendo sin parar a Dickens y a Balzac y a Dostoievski.
Para un lector europeo de 2026, el mayor encanto de esa novela de 1947 es justamente el despliegue de un mundo narrativo que prácticamente ha desaparecido de la novelística actual. Mahfuz moviliza con gran destreza a docenas de personajes, y saben contar sus vidas y sus derrotas y sus miserias, y sabe extraer de cada uno de ellos una existencia viva y palpitante, hasta el punto de que todos nosotros, después de leer la novela, estamos convencidos de que hemos paseado por entre los estrechos muros del Callejón de los Milagros, una vez que hemos subido por la calle Gamaliyah y hemos tomado la escalinata que va hacia la derecha. Y allí, al doblar la esquina, está el Callejón de los Milagros y el café de Kirsha y dentro de nada nos encontraremos con la figura de la bella Hamida bajando por la callejuela rumbo a su hermosa y triste y desolada derrota.
Eduardo Jordá, escritor y traductor
Por octavo año consecutivo, el Taller de Lectura con Eduardo Jordá centrará nuestra programación cultural para la temporada 2024-2025.
Estas son las fechas y lecturas propuestas:
EL CUENTO DE NUNCA ACABAR, Carmen Martín Gaite / 18 de septiembre
ANIMALES PEQUEÑOS, Mercedes Duque / 16 de octubre
PRIMERA MEMORIA, Ana María Matute / 13 de noviembre
LA CASA DE LAS BELLAS DURMIENTES, Yasunari Kawabata / 11 de diciembre
DIARIO, Katherine Mansfield / 15 de enero
AÑOS LUZ, James Salter / 19 de febrero
SEÑALES, Tim Gautreaux / 19 de marzo
DÍAS DE SOL Y PIEDRA, Pepe Pérez-Muelas / 16 de abril
REBELIÓN EN LA GRANJA, George Orwell / 21 de mayo
BUENOS DÍAS, TRISTEZA, Françoise Sagan / 18 de junio
EL CALLEJÓN DE LOS MILAGROS, Naguib Mahfuz / 7 de julio